jueves, 8 de octubre de 2026

capitulo 65

 











Emilio llora. Suplica:

--son mis hijos.

Francisco no piensa tener piedad con él.

--¡No, no lo son¡¡ Eres sólo el viudo de la madre. Los abuelos y el tío están antes que tu. Esos gemelitos no van a crecer a su lado, degenerado asqueroso. Reprimido. Das asco por eso has estado siempre sólo es lo que mereces, eres basura¡

 Francisco empieza a tirar sus cosas en una maleta. Emilio se tira sobre él. Aunque sabía que si hablaba lo iba a perder no soporta la vida sin él. Su sueño se ha roto y de la manera que esperaba. Está convencido que de haber hablado no habrían estado juntos pero ahora no se imagina como será su vida sin su luz. Francisco, su príncipe y esos gemelitos. Lo abraza por la espalda y Francisco se lo saca de encima muy violentamente. Emilio cae de espaldas contra un armario. 

--¡¡no vuelvas a tocarme¡ --dice Francisco enloquecido.

Francisco no siente compasión. Está demasiado herido. sigue sacando sus cosas y metiéndola en sus maletas, bolsas.  En unos pocos minutos quedan empaquetados meses de convivencia e ilusión. Emilio se levanta. No lo toca pero le suplica:

--lo he dado todo por ti... te hubiera dado mi vida... Pero mis hijos no...

Francisco está muy herido:

--como quieras. Nos veremos en los tribunales.

--¿serás capaz de demandarme después de todo lo que hemos vivido? --dolido.

--Si, de la misma manera que tú me has visto sufrir durante estos meses y no has sido capaz de decirme algo que me iba a llenar de dicha...  --se hace un silencio, del rencor pasa al reproche-- Pudiste tenerlo todo y por tu egoísmo te quedas sin nada.

--¡¡tenia miedo de perderte¡ --desesperado.

--¡¡pues mira por donde tenías razón¡ --con odio.

Francisco aunque demore su salida de la casa no quiere dejar ningún recuerdo ni de él ni de su hermano. Incluso las fotos. Emilio mira con lágrimas en los ojos todas esas cajas en las que se va su felicidad. Siente que un puñal se le ha clavado en el alma.  Francisco mira a Emilio con tal dureza que lo destroza aún más.

–!Quiero que los niños se vengan a vivir ya conmigo¡ --exige.

--Deja que pueda prepararlos, espera que tengas un lugar donde vivir.

Emilio usa un tono de súplica. El de Francisco es de una dureza total.

--¡¡tengo mucho dinero, sabes que no he tocado ni un euro del dinero de la venta de mi piso¡ ¡¡no tienes de qué preocuparte¡ 

Francisco va metiendo todas sus cosas en el auto. Emilio lo mira con desesperación. Confía que pase un milagro, algo que haga que Francisco se arrepienta y se quede a su lado. Francisco no deja de hablar brusco.

–!yo voy a llevar todo esto a casa de mis padres. Luego vendré a llevarme las cosas de mis niños!

Emilio quiere agarrarle la mano para suplicarle que no le quite a los niños. La mirada de odio de Francisco hacia que no se atreva a tocarlo. Sí le dice:

--Francisco... por favor... Son mis hijastros... tengo mis derechos.

Francisco lo mira amenazante:

--¡¡ningún derecho¡

Y como Emilio no dice nada Francisco le pregunta:

--¿hablas tú con los niños o lo hago yo?

Emilio ha pasado meses temiendo ese momento. Su peor pesadilla se ha cumplido. Francisco lo ha subido hasta lo más alto del cielo y ahora lo ha dejado caer estrellándose de la peor manera. Francisco no está dispuesto a claudicar. Ya todas su cosas están en el auto,  mira a Emilio más calmado. Le habla con rabia y reproche:

--vas a perder y lo sabes... ¿porqué hacer las cosas difíciles? Si es cierto que me quisiste no me quites a los hijos de mi hermano.

--¿y yo? ¿es que no importa lo que pase conmigo?

Emilio está muy herido. Piensa en muchas cosas, huir con los gemelitos, luchar contra Francisco en un  tribunal pero sí ha hablado es porque quiere que Francisco disfrute de esos niños. A Francisco parece que no le importa nada de lo que pueda pasar con Emilio. Se da la vuelta mientras dice:

--¡¡pues nos veremos en los tribunales¡

Emilio ama a ese hombre y lo que más desea es su felicidad. No quiere que se peleen por los gemelitos y así que aunque eso supone arrancarse una parte de él dice:

--Está bien... yo renuncio... llévate a los niños.

Es un gesto de amor hacia él el de Emilio, un amor que le hace renunciar hasta a su propia vida pero Francisco está muy herido como para darse cuenta. Como para agradecer. Emilio en ese momento siente que está muerto, ni tiene sentido nada para él. Lo único que quiere es que su amado esté bien. Francisco quiere tratarlo con dureza.

--¡¡eso lo quiero por escrito¡

Con el mismo amor y la misma entrega de siempre Emilio le dice:

--se hará como tu digas,.

Emilio solo tiene una tímida petición:

--déjamelos ver.

Francisco lo mira con dureza y dice:

--¡¡Primero me los cedes en adopción a mí y luego hablamos¡¡

Francisco se va en el auto. Emilio se queda en la puerta de su casa deshecho. Cae en el suelo llorando lágrimas de metal.  Francisco tiene mucha rabia, mucha bronca contra Emilio como para pensar en nada más. Francisco ha vivido una relación estable. Nunca se sintió tan en pareja y ahora se siente estafado. Sólo el consuelo de esos hijos que ha dejado su hermano lo ayudan a tirar adelante. Emilio está muerto en vida.  Ya no tiene motivos para seguir adelante. La pequeña Alberta está llorando en la habitación y eso le da fuerzas: No, no es cierto que no tenga ningún motivo para luchar. Acuna a la pequeña con cariño: es la hija de su prima y luchará por ella. Emilio calma a la pequeña y se ducha. Tiene que estar calmado para cuando lleguen sus hijos. Hace las maletas. Quiere estar sereno pero no puede se derrumba varias veces. Se acerca la hora de ir a buscarlos a la escuela. Va con la pequeña Alberta. Inocentemente los gemelitos preguntan por su tío. Emilio fuerza una sonrisa para no alterarlos. Lo plantea como unas vacaciones de los niños con su tío Francisco. Los niños saltan de alegría. ¡¡Vacaciones y sin escuela¡ Emilio se da la vuelta para que no lo vean llorar. Francisco no tarda en venir a buscarlos. Los gemelitos abrazan a su tío. Francisco evita mirar a los ojos a Emilio. Está dolido pero no se atreve a mirarlo a la cara. Emilio se mantiene tranquilo.  Entrega a los pequeños, sus cosas. Francisco las mete en el auto. Los pequeños se dan cuenta que pasa algo. Emilio asegura que todo está bien y para que se queden más tranquilo asegura que se reunirá con ellos más adelante. Busca a Francisco con la mirada. Espera que Francisco haga algún gesto de confirmación pero Francisco sólo tiene ojos para los niños. Los acaricia, los besa. Son el vivo retrato de su hermano. No entiende cómo no se ha dado cuenta antes. Mira a Emilio, la mirada de Francisco es de hielo. Le está diciendo que nunca le perdonará haberle tenido separado de sus sobrinos. Ahora solo quiere dejar a Emilio atrás y recuperar el tiempo perdido con los pequeños. Estos están contentos en el auto. Francisco se monta.  Por el retrovisor ve el dolor de Emilio  pero no quiere que le afecte. No puede evitar que unas lágrimas deslicen por sus mejillas. Emilio se refugia en la pequeña Alberta: 

--aún me quedas tu. --le dice mientras la acuna.








Francisco se instala en un hotel. Les dice a los pequeños que es el inicio de las vacaciones. Los niños quedan saltando de la cama. Quedan al cuidado de una empleada del hotel. Francisco quiere venganza. Llama a Darío. Quedan en un bar. Son solo dos desconocidos. Francisco le cuenta lo que ha sucedido con Emilio.

--¡¡es que es un depravado¡ --dice Darío.

Darío disfruta sabiendo a Emilio acabado y aún envenena a Francisco en contra de Emilio:

--trató de abusar de mi, se me metía en la ducha, en la cama! ¡¡era inaguantable! !tus sobrinos estaban en peligro!

--¡¡no debes permitir que tu hija se queda con él ni un minuto¡ ¡¡sácasela¡

--Es que no sé qué hacer con la niña. No me la puedo quedar. He decidido darla en adopción.

Para lastimar a Emilio y porque sintió esa niña como suya, Francisco dice:

--Yo la adopto.

Darío no lo duda. A los dos los mueve las ganas de lastimar a Emilio. Ven un hombre calvo muy guapo que le hace ojitos a los dos. Darío le es fiel a su Duque pero para Francisco es una gran manera de descargar su rabia. Y él y ese guapo desconocido tienen sexo rápido y sin hablar en un auto. Francisco se va con los pantalones sin abrochar.




Francisco no quiere ver a Emilio. No lo quiere ver hundido. Lo ha destruido pero no desea ser su obra. Un abogado le entrega los papeles que debe firmar para que los gemelitos sean reconocidos como hijos de Francisco. Emilio se reserva el derecho de verlos. Le dicen que si firma Francisco será comprensivo. Firma. Luego llora. Alberta una vez más lo consuela. Mientras Darío consigue la orden para llevarse a su hija, enseguida firma los documentos para que Francisco la adopte. Lo único que pide a cambio ser él quien se lleve a la niña. Llega con la policía. Emilio no puede evitar que Darío se la arranque de los brazos. Emilio sufre al verla llorar.

--¡¡tú no la vas a saber cuidar¡ --grita.

Darío no le dice que la pequeña es hija legalmente de Francisco. Darío disfruta viendo a Emilio acabado:

--cada cual tiene lo que se merece --le clava.

Los ojos de Darío destilan veneno.


Después de haber conocido la felicidad, a Emilio la casa se le cae encima. La soledad lo mata. Espera a Francisco, que se ponga en contacto con él para ver a los niños. Se refugia en la tumba de Alberto. Le suplica que lo ayude:

--tu sabes que no lo hice con mala intención.

Se sorprende al ver llegar un extraño. Tiene órdenes que nadie se acerque a esa tumba. LLeva unas flores. Son las mismas rosas blancas que le llevaba Francisco.

--¿quien es usted? --pregunta Emilio.

Es un hombre al que han contratado la familia para cuidar la tumba:

--han salido al extranjero parece que no van a volver.

Emilio se desespera. Tanto que le suplicó a Francisco fugarse con los niños ahora Francisco ha tomado su idea para alejarlos de él. Emilio si ya no tiene deseos de vivir. Sale del cementerio, parece un zombie. Cruza un puente, la carretera abajo. Los coches pasando. No lo duda. La felicidad de Francisco es lo que más quería ahora ya no le interesa nada más. Piensa en Francisco cuando se lanza al vacío.

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