Emilio entra en el piso de los gemelos como si fuera de la familia. Sufre una fuerte impresión al recordar a Alberto moviéndose tranquilamente y mostrando sus encantos al natural. No puede creer que ahora toda esa belleza se haya extinguido. Sobre el televisor hay un portarretrato con varias fotos de los gemelos. Desde su infancia, adolescencia pasando por sus veinte años, los 25. Los 30. Emilio deseó tanto tiempo tener más fotos de su amado. Piensa en registrar la casa. En robar alguna foto pero no le parece justo con Francisco que lo está esperando inmerso en su dolor. Va directo al dormitorio de Francisco que es el único que tiene la puerta abierta. Sus cosas. Su cama. Se sienta en ella. Se excita pensando en todos los hombres con los que se habrá acostado allá. Siente excitación pero también celos. Por no ser uno de ellos. El armario está lleno de espejos:
--se nota que le gusta contemplarse en bolas... o lo mejor le gusta verse mientras lo hace con sus amantes.
Se siente frustrado con lo que ve:
--yo nunca podré compararme con esos guapos a los que se habrá tirado.
En la mesita de noche hay una foto de los dos gemelos y sin marco.
--¡¡Esta sí me la quedo yo¡
Los dos están guapisimos. En la playa. Abrazados y luciendo cuerpazo. Emilio se la guarda en su billetera. Abre el primer cajón. Hay varias fotos Darío y Francisco en el crucero:
--¿entonces sí hubo algo entre ellos?
Están muy guapos los dos. Muy sonrientes. Emilio no sabe si habrá o no algo entre ellos todavía aunque espera que no porque si Lola lo descubre todo se podría echar a perder.
--¡¡el padre y el tío de su hijo... ¡¡¡madre mía...¡ ¡¡Lola se muere¡!no me extraña que no quiere que el padre sea Darío!
Mira a Darío:
--es tan guapo. Así son los hombres que le deben gustar a él. Yo no tengo ninguna posibilidad.
Eso le entristece pero Francisco se va a vivir a su casa. eso ya es más de lo que esperaba. No puede quejarse ¡¡Lo tendrá sólo para él¡ No le interesa que esas fotos lleguen a su prima así que las dejas en el fondo del cajón. Si agarra otras cosas que tiene en el cajón como tapones para los oídos. El móvil, la cartera. Un libro. Como no sabe dónde están las cosas pues tiene la excusa perfecta para abrir cajones. Quisiera descubrir algún secreto pero no encuentra nada que le llame la atención. eso sí se pone como loco en el cajón de los calzoncillos. Nunca pensó que tendría en su poder una de esas prendas... Se excita mucho pensando cómo le quedaría a Francisco. Abre el armario encuentra una bolsa de deporte y la empieza a llenar con todo lo que le parece. Lo que más son boxers. Su prenda favorita .Va hacia la cocina y busca bolsas grandes. Se queda paralizado. Por un momento le parece ver a Alberto en bolas en esa cocina. Lo siente tan vivo, tan dentro de él. No puede creer que ya no esté. Regresa al cuarto a por más cosas. Está excitado porque el aroma de Francisco está presente pero: ¿para qué quiere el aroma si un original lo está esperando en el taxi? Sale del cuarto ansioso de volver a verlo. Mira esas dos puertas cerradas. Ya estuvo en el cuarto de Lola. Mira hacia el otro: el de Alberto.
--¿y si me quedara algo de él?
Lo recuerda desnudo y le excita pensar en tocar sus calzoncillos. Recuerda que lo acaban de enterrar y se siente un pervertido. No se atreve a profanar cosas de Alberto, aunque la tentación es grande. Si agarra ese retrato de encima de la tele. Sale, cierra bien y va hacia Francisco. Un nuevo futuro se abre para él. Un futuro que nunca pensó que tendría. Un futuro con Francisco como parte de su vida. No es como su pareja que sería ya el broche de oro pero lo que tiene es más de lo que esperaba. Francisco lo espera en el taxi. Emilio teme que le reclame que ha tardado pero Francisco no dice nada. Sólo lo mira con agradecimiento. El taxista ayuda a guardar las bolsas en el maletero. Emilio entra en el taxi. Se pega a Francisco. Se excita al tocarlo aunque sea con su cuerpo. Francisco mira el retrato que tiene Emilio en su mano sorprendido. Como si fuera algo normal Emilio dice:
--la pondremos en casa, que ya todos los niños os vean a ti y a tu hermano como algo suyo.
--gracias --sorprendido pero emocionado.
No se dicen nada. Emilio tiene sus ojos clavado en sus labios. ¡¡Como los desea¡ ¡¡como desea sentir lo que es un beso, un beso de amor¡ Nunca sus labios se han posados con los de un hombre y están secos. Los de Francisco son tan apetecibles pero Francisco está muy triste. Se le escapa alguna que otra lágrima. Emilio lucha por vencer su miedo a tocarlo y agarrar su mano pero no lo hace. Emilio es el que paga el taxi.
--perdón por todas las molestias, te juro que algún día te pagaré todo lo que haces por mi --le dice Francisco muy cariñoso.
Emilio no sabe cómo decirle lo afortunado que se siente al tenerlo junto a él. Cómo ha pensado en él durante la mayor parte de su vida. Nervioso y alterado dice:
--no es necesario. Lo importante es que estés bien.
Francisco no sabe cómo agradecerle todo su apoyo. Un apoyo que no entiende pero agradece. Entre los dos cargan con las bolsas. Francisco es amable con Emilio. Lo toca con las bolsas. Emilio entra feliz en la casa.
--estás en tu casa.
Francisco a su lado algo nervioso. No sabe si es correcto vivir en la misma casa que Lola después que le quisiera quitar al marido pero necesita comenzar una nueva vida. Cambiar de aires. Estar cerca del que puede ser hijo de su hermano. Los gemelitos se acercan a Francisco:
.--¿y tú quien eres?
Francisco mira a los pequeños con impacto. Aunque no lo sabe se reconoce en ellos. Los mira impresionado y sonríe. Es una sonrisa muy seductora. Emilio muy enamorado se anima a tocarlo un poco en la espalda. Está al borde del infarto:
--es como vuestro tío... le podéis llamar Tío Francisco... ¿te importa?
--No, claro que no.
Francisco se muestra feliz. Emilio siente que si Francisco actúa ya como tío de sus hijos no tiene por qué decir la verdad. Francisco no entiende ni lo que le pasa a Emilio con él ni lo que a él le pasa con esos pequeños pero Francisco está encantado con esos gemelitos. Lola se acerca y fuerza una sonrisa. Mira las bolsas de Francisco. Llama a Emilio y va hacia la cocina:
–¿puedes venir un momento?
Emilio va hacia la cocina. Le emociona ver a Francisco acariciando a esos pequeños. Los tres se mira con curiosidad.
--¿cómo os llamáis?
Los niños se presentan amablemente:
–yo soy Francisco.
–anda como yo –dice el hombre sorprendido.
–y yo Alberto.
Francisco sufre un fuerte impacto. No sabe bien porque los abraza. Lola no entiende nada cuando Emilio le dice que Francisco vivirá con ellos de forma indefinida. Y para que ella no sospeche pues le dice que es por su bien, para que Darío no sospeche que puede ser el padre de su hijo. A Lola le incomoda mucho la presencia de Francisco pero también sabe que esa es la casa de su primo. No la de ella. Emilio vuelve a la sala. Francisco está en cuclillas hablando con sus sobrinos como si los conociera de toda la vida. A Emilio se le hace un nudo en la garganta. Nunca pensó que sus hijos podrían conocer a su tío y aunque le da miedo perderlos le hace ilusión verlos juntos. Al ver a Emilio Francisco se levanta:
--tus hijos son muy lindos...
Emilio suspira enamorado. Siente que el corazón se le va a escapar por la garganta. Sobre las bolsas ha quedado el retrato de los gemelos que pone junto a las fotos de sus hijos. Francisco no dice nada pero de nuevo un gesto de Emilio lo sorprende. Mira por todos los lugares. La estancia la preside un retrato de la abuela del joven. Por todas las estanterías hay fotos de los gemelitos pero no hay ninguna ni de Emilio ni de su esposa. Francisco busca las fotos de la mujer de Emilio para tratar de conocerlo, de entenderlo un poco. Emilio se va animando un poco. Lo toca en la espalda tímidamente y ¡no pasa nada¡ Está feliz.
--ven, que te llevo a tu habitación.
Francisco lo va siguiendo. Emilio se va dando la vuelta porque no quiere dejar de mirarlo. Francisco se muestra amable y muchas veces le toca el brazo.
--es la habitación de mi abuela... nadie la ha ocupado desde que ella murió pero es la mejor de la casa...
A Francisco le emociona el gesto.
--es un honor.
--Está limpia aunque anticuada... Podemos reformarla a tu gusto.
La hospitalidad de Emilio le hace sentir bien a Francisco. Acogido.
--No, no hace falta.
Emilio dejó esa habitación tal y como la abuela la dejó y a Francisco le emociona que le permita usarla y cambiarla. Emilio va retirando las cosas de su abuela para que quede sitio para Francisco.
--no hace falta --Francisco.
pero Emilio quiere que sienta que está en su casa, que no es un invitado.
--para que tengas sitio para todas tus cosas. En la planta de arriba hay un estudio que usamos de trastero, puedes llevar de tu piso lo que quieras. Incluso más adelante si quieres puedes montarte una habitación ahí para que estés mejor.
Emilio es demasiado atento, demasiado amable cuando nunca han tenido relación. Le saca las cosas de la mano. Le agarra del brazo y lo mira muy cariñoso.
--¿porque me ayudas?
Emilio se estremece al tenerlo tan cerca. Lo ha sentido tan suyo en ese abrazo que le ha dado en el cementerio y ahora esa mirada se le mete dentro: ¿y si le contesta con un beso? Pero no quiere abusar de él. No quiere que solo crea que se quiere acostar con él. Aunque lo ama, aunque desea un futuro a su lado solo el estar a su lado ya lo hace feliz. ya lo tiene muy agitado. No necesita más.
--Me caes bien.
--pues cualquiera diría almenos en el instituto parecía lo contrario... --dice Francisco cariñoso.
Emilio no dice nada pero lo mira con caras de decir: así soy yo. Francisco está empezando a conocer a Emilio y le gusta lo que ve. Emilio sigue recogiendo las cosas de la abuela. Francisco comienza a colocar la suya. Hablan como si fueran amigos de toda la vida.
--así que tus hijos se llaman Francisco y Alberto...
Emilio fuerza una sonrisa como si no tuviera importancia.
--¿y se puede saber porque elegiste esos nombres?
--son nombres comunes. --nervioso..
--pero es mucha coincidencia.. además esos niños... esa mirada... --dice un amable Francisco a un Emilio que lucha por ocultar su temor.




















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